¿Síndrome postvacacional?

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Publicado por Domingo Descanso para Crónicas de Villatortas del Sordete.es

Tras las vacaciones nos toca reincorporarnos a la rutina de nuestro trabajo. Hay quien etiqueta a la readaptación a los horarios de trabajo  como de depresión o síndrome postvacacional, aunque yo diría que más bien habría que hablar de un problema de capacidad de adaptación y que afecta de forma diferente a cada persona en la medida de la satisfacción personal que cada uno tiene en su puesto de trabajo.    En esa readaptación me encuentro yo en estos días.  Después de una semana preparando la mudanza a un nuevo piso, ahora toca dejar de trasnochar y de levantarse a las tantas para comer a la hora que me apetezca. No queda más remedio que acostumbrarse de nuevo al horario de trabajo, aunque de momento llegues en plan sonámbulo hasta tu silla en la oficina y después te pongas en plan cerebro de besugo mirando a la pantalla durante unos minutos hasta que el inconsciente, que está bien inconsciente se despierte,  dec…

¿Qué color ven las personas ciegas?






     Hace unos días, mi sobrino Juan Miguel, me hizo la siguiente pregunta ¿Tita tú sabes qué color ven las personas ciegas? Me comentó que tenían una profesora de apoyo en Lengua, que es ciega y que le habían hecho esa misma pregunta. La profesora les explicó que al ser ciega de nacimiento no podía responderlos pues no sabía como son los colores, dado que nunca los había podido ver. Que a esa pregunta únicamente les podía responder una persona que no fuera ciega de nacimiento. 




   Lo único que pude añadir a la respuesta de su profesora fue mi experiencia vivida en la infancia, pues cuando tenía 7 u 8 años a causa de un fuerte golpe en la cabeza, perdí la visión durante un corto espacio de tiempo.

  Todo ocurrió cuando estudiaba 2º de E.G.B. en el colegio Séneca de Córdoba, que por aquél entonces estaba ubicado en los bajos de un edificio en la Avda Carlos III. No teníamos un patio de recreo al uso; nuestro patio de recreo era la calle, bajábamos unas escaleras que daban a la parte trasera del edificio y allí en el descampado que había jugábamos sin ningún peligro. Más adelante el descampado aquél lo ocuparía el IES Blas Infante, en el que cursaría yo mi primer año de Bachillerato.
    Estábamos en el recreo, y ya me había comido mi bocadillo, así que me puse a jugar con mis compañeros de clase al pillar o pilla pilla. Recuerdo que estábamos jugando en la parte de arriba, entre los coches, y huyendo de mi inmediata perseguidora no advertí que de frente llegaba otra compañera, que tampoco se había percatado de mi presencia, por lo que el choque fue inminente y descomunal, ¡cabezazo al canto! Nos llevaron a mi compañera Emilia y a mí al botiquín y tras darnos unas friegas con alcohol, salimos a la calle. Pero al salir a la calle, empecé a notar como una niebla, y le pregunté a una de mis compañeras que me habían acompañado al botiquín si es que había niebla. Mi amiga Remedios me miró con cara de sorpresa y me dijo que si estaba soñando, que con el sol que hacía como iba a haber niebla. Yo empecé a agobiarme pues cada vez se hacía más densa la niebla, por lo que comencé a hacer aspavientos como si intentara disipar la niebla, ilusa de mi pues eso era imposible. Mi compañera Reme me preguntó que qué hacía, yo le dije que no veía apenas nada y que me llevara con los profesores. Al cabo de unos segundos todo era opacidad total, como una pantalla blanca, no veía ni las sombras, solo  oía las voces de mis compañeras, pero me era imposible verlas. Lejos de empezar a llorar, intenté guiarme hacia la pared del edificio, pero estuve a punto de caer rodando escaleras abajo de no ser por Reme que me asió por un brazo y le dijo a una de nuestras compañeras de clase que fuese dónde las profesoras y avisase de que yo no veía nada, pero ya se habían dado cuenta los profesores de que sucedía algo raro y subieron para ver que pasaba.
     Cuando les comenté que no veía nada, decidieron llevarme a la farmacia que hacía pico esquina en el edificio de al lado. El farmacéutico para probar si veía me dijo que me iba a mostrar unas monedas y que le dijese de qué moneda se trataba.
   ¿Qué moneda tengo ahora delante de ti? 
  Yo por mucho que lo intentaba no veía nada, la opacidad se había apoderado de mis ojos y no había manera de ver nada de nada, lo cual me estaba preocupando mucho, era horrible sentirse así, y peor aún sentir que los demás no me creían. Empecé a pensar que ellos creían que les estaba mintiendo, y eso me dolía casi tanto como el no poder ver. Era como si estuviera ante un muro alto, infranqueable pero blanco, aunque intentaba hacer esfuerzos por ver, el resultado era la nada. Pero una nada opaca, desafiante y fría. Era desesperante mover los ojos para poder ver aunque solo fuera una sombra, pero no conseguía ver más que ese muro blanco.
  ¡Yo qué se, si no veo nada, pues una peseta! Contestaba yo casi enfadandome pues me parecía un juego absurdo, ¿cómo pretenden que les diga que moneda tienen en la mano si no la puedo ver?
¿Pero tu ves ? me volvía a insistir.
No, no veo nada. 
¿Y ahora que moneda tengo en mi mano?
¡No veo y sigo sin ver! contestaba yo de nuevo cada vez más malhumorada, no comprendía lo que estaba pasando.
Pues una moneda de 25 pesetas, qué se yo.
¿Ves?
 No,no veo nada.
Me volvieron a preguntar de nuevo para cerciorarse una vez más de que estaba diciendo la verdad.
¿Y ahora?
Fue entonces cuando me cansé de ese cuestionario absurdo y les dije que yo vivía al lado del hospital, que me llevaran a un médico y avisaran a mi familia. Y fue cuando ya me eché a llorar, pero de rabia y de impotencia, pues parecía que cuestionaban mi palabra. El director del colegio les dijo a los profesores, que al final yo tenía razón que lo mejor era llevarme al hospital y que me viera un médico.
  Al salir de la farmacia, vomité y empezó a dolerme la cabeza. Así que me llevaron al hospital lo más rápido posible. En el hospital me examinó un especialista en oftalmología, curiosamente después de un buen rato empecé a ver entre esa bruma blanca unas sombras y una lucecita. El médico les dijo a los profesores que era buena señal, que al parecer el golpe recibido me había afectado el nervio óptico y que afortunadamente no había sido dañado. Les dijo que si el golpe hubiera sido un poco más fuerte me hubiera quedado ciega para toda mi vida. Así que estuve una semana en observación y me dijeron que si en las primeras cuarenta y ocho horas vomitaba o volvía a ver de nuevo algo de "niebla" que me llevaran mis padres de nuevo al hospital. 



Mi profesora de entonces, Doña Josefa Losada- a la que sus alumnos llamábamos cariñosamente Srta Pepi- nos visitaba todos los días a mi compañera Emilia y a mi. 
  Al volver de nuevo a clase algunos compañeros me hicieron esa misma pregunta.......Oye Isabel ¿qué color ven los ciegos? yo les dije que una niebla espesa blanca, muy espesa pero blanca como si tuvieran un muro enorme delante de los ojos y no pudieran ver nada más, pero totalmente blanco. Y a continuación preguntaban ¿ pero si es como un muro verías algo más, por los lados o algo así no? No, absolutamente nada, es como si ese muro estuviera dentro de tus ojos. Al menos esa fue la experiencia que yo viví. 

Comentarios

  1. Que experiencia más agobiante Isa, gracias a que todo acabó bien!! Creo que la vista es uno de los sentidos más importantes que tenemos y aunque te puedes adaptar a vivir sin ella la cantidad de cosas que te pierdes es increíble, es como si vivieses media vida.

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  2. Sí que lo fue, lo pasé francamente mal. Lo peor de todo es que al principio pensaban que era una cosa de críos y que les mentía, hasta que comprobaron que no era así, y luego se lo confirmó el médico. Es más el médico les echó una regañina por no haber acudido antes a los servicios de urgencia.

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  3. Jope, tita esa experiencia tuvo que ser muy dura y dolorosa.

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