El viaje de un pequeño gorrión.

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Ven a la ciudad me dijeron, allí la vida es mucho más alegre. La ciudad está llena de vida, de colores inimaginables. En los parques,los niños corren alegremente y dan de comer a las aves que habitan en ellos.      Mi tío Renato, un gorrión presumido y altanero, que se jactaba de vivir cómodamente en la ciudad, hablaba de mil y una aventuras. De como al anochecer la ciudad se vestía de luces de todos los colores, de los deliciosos manjares que  había degustado, de la música, de tantas cosas bellas que ardía en deseos de conocer, y no lo dudé ni un segundo.    Después de discutirlo durante mucho tiempo con mis mayores, tomé la firme decisión de emprender el viaje al paraíso..... o al menos, eso creí yo.      Antes de llegar al destino soñado, pasé por algunos pueblos en los que conocí a otros gorriones jóvenes como yo.Y fue así como conocí a mis tres compañeros de viaje.
 Al igual que yo habían oído hablar de las maravillas de la gran ciudad. Así que proseguimos el viaje juntos.
      Despu…

¡Me está mirando! (V)

El agente Anderson parecía adaptarse bien a su nuevo trabajo, la jefa de enfermería, Alice Mac Farlane-una mujer menuda y de carácter mahumorado- le había asignado como ayudante de la enfermera Johnson. La enfermera Johnson le había comentado que sabía de qué humor estaba Mac Farlane solo con ver el color de pintalabios que había escogido ese día: el rojo carmesí indicaba buen humor, el rojo más apagado era señal de mal humor y ese día no estaba precisamente de muy buen humor, ese día había olvidado pintarse los labios. Tenía cara de haber dormido poco en los últimos días, las ojeras y el aspecto macilento de su rostro la delataban. La enfermera Johnson pensó que lo mejor sería no hacer demasiadas bromas con ella.
Llegaron a la habitación 222, la Sra. Svenson cepillaba su pelo rubio lentamente como si de un ritual se tratara. Anderson y la enfermera Johnson la miraban desde la puerta embobados, ella los había visto a través del espejo de su tocador y saludó sin dejar de cepillar su media melena. Esa mañana había elegido un traje chaqueta color beige con medias de seda y zapatos de piel a juego con el vestido.
-Jane está usted muy guapa esta mañana-observó la enfermera Johnson.
-Hoy viene a verme mi nieto y tengo que estar guapa-contestó ella mientras se aplicaba un poco de maquillaje sobre el rostro. Al agente Anderson le pareció que no era tan mayor o al menos no lo aparentaba, era muy atractiva y sus pómulos marcados, sus ojos verdes azulados y el cabello rubio delataban su origen nórdico, pero le sorprendió esa elegancia natural en sus gestos y en la forma de moverse. Él no atisbaba en ella ningún signo de enfermedad mental alguna en ese momento, pero claro él no era ningún especialista.
-¿Tiene usted nietos?-fue lo primero que se le ocurrió preguntar a Anderson.
-Dos, los dos de mi hijo mayor Andrew-contestó ella sin dejar de componerse.
-¡Vaya, sus nietos pueden estar orgullosos de tener una abuela tan joven y guapa!-contestó a modo de cumplido.
-Gracias, lo tomaré como un cumplido viniendo de un joven tan guapo como usted-sonrió la Sra Svenson guiñándole un ojo.
No le faltaba razón, Anderson era un joven atractivo, sus ojos azules tan claros llamaban la atención, pero más su sonrisa picarona y su buen humor. Su complexión atlética y su altura a veces hacía pensar a más de uno que estaba ante un jugador de baloncesto, aunque era su deporte favorito nunca se había dedicado a ello. 
La enfermera Johnson carraspeó un poco para hacerse notar.
-Bueno, tortolitos tengo que interrumpir este precioso momento, pero toca la medicación y tomar la tensión y esas cosas.
Mientras la enfermera Johnson le tomaba la tensión, Anderson preparaba la medicación. De repente notó que la Sra Svenson miraba de reojo la medicación y que el semblante amable de hace unos instantes había mudado. Estaba inquieta, nerviosa, ahora entendía por qué la enfermera Johnson le había pedido que lo acompañase.
-No pasa nada Jane, sé buena y toma la medicación, te hará bien-le decía la enfermera tratando de tranquilizarla.
-¡Me queréis envenenar lo sé!-contestó iracunda y fuera de sí.
-¡Anderson sostenga fuertemente a la Sra Svenson hasta que le inyecte la medicación!-ordenó la enfermera.
-¡No quiero, asesinos!-gritaba a pleno pulmón, mientras intentaba zafarse de Anderson que la sostenía fuertemente mientras intentaba tranquilizarla con lo primero que se le venía a la cabeza, pero cómo tranquilizar a una persona que está fuera de sí. Apretó fuertemente los brazos desde atrás para que Jhonson pudiera ponerle la inyección cuanto antes. Fue rápido, tras la inyección la paciente tornó de nuevo a la paz más absoluta.
Salieron de la habitación después de que se calmara y estuviera tranquila.
-¿Por qué se comporta así? apenas unos segundos parecía tan normal y ha sido ver la jeringuilla y ponerse histérica-preguntó Anderson.
-Tiene un trastorno bipolar según los médicos, aunque a veces pienso que lo que tiene es otra cosa, pero yo no soy psiquiatra solo soy enfermera.
-¿Desde cuando conoce a la Sra Svenson?
-Desde que empecé a trabajar aquí hace más de veinte años, pero no porque fuera paciente, sino porque este hospital lo fundó su padre,  J. A. Svenson,un empresario multimillonario casado con la doctora Emily Svenson, de soltera Emily Walters, y claro ella solía hacer donaciones al hospital, porque no sé si sabrás que el hospital psiquiátrico y el comarcal pertenecen a la Fundación J. A Svenson-contestó Johnson que no paraba de hablar. Anderson estaba encantado con la compañía de Johnson ya que le estaba proporcionando más información que cualquier fichero del hospital. Llevaba en el hospital más de veinte años y había visto de todo, junto con Mac Farlane era de las enfermeras más veteranas del hospital. Mac Farlane era la más veterana, ella había conocido a la doctora Emily Svenson y a su marido.
-¿Siempre fue así? quiero decir si cuando usted la conoció ya tenía ese problema, no sé-insistió Anderson, tenía la sensación de que había algo turbulento en la historia de la familia Svenson, y no, no se equivocaba.
-Te contaré algo, aunque es difícil de explicar, ahora que tenemos tiempo de sobra para tomar un descanso, pero vayamos al patio ahí no hay más ojos y oídos que los pacientes y ellos están a lo suyo.

Continuará...
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