Soñando mariposas

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Hace tiempo que rompí con la inspiración, discutimos  acaloradamente, dio un portazo y me abandonó. Cariacontecido y melancólico yo me sumí en un eterno letargo. Pero hoy algo sucedió, me quedé parado de repente extasiado mirando el amanecer teñido de colores ocres fantasía de una ciudad acariciada por el sol. De repente miles de mariposas revoloteaban a mi alrededor y jugueteando traviesas con sus alas me acariciaban el corazón.
Aspiré la brisa olor a azahar  y en el cielo surcando el horizonte en globo un  delfín y un elefante me saludaron los dos. Las nubes de algodón de azúcar bailaban alegres haciendo un corro alrededor del sol. 
Al despertarme de este hermoso sueño miré mi escritorio, en él dormían unos folios escritos en verso y un dibujo de un delfín y un elefante blanco en globo y miles de mariposas bailando a su alrededor.

Me está mirando XI

Empezó a sentir que los ojos se le cerraban, apenas podía mantener la mirada en la pantalla del ordenador, aquella luz parpadeante empezaba a molestarle. Smith se frotó los ojos y se puso de nuevo a revisar el caso de Martin. Nada, no encontraba nada. Se fue hacia la puerta de la calle a fumarse un pitillo y refrescar su mente. Exhaló todo el humo de sus pulmones y miró al infinito como buscando una respuesta. Volvió a la oficina, el sargento Petterson le ofreció un café.
-Tome inspector, esto le ayudará a mantenerse despierto.
-Gracias Pett-contestó. 
Sonrió y se bebió de un solo trago el café. Luego miró su despacho con desgana y se dirigió lentamente hasta la puerta. De improviso recibió una llamada; era García. Estaba desesperado.
-¡Inspector, sáqueme de aquí por favor se lo suplico!-gritó desesperadamente.
Notó el tono desesperado de García, pensó que algo iba mal, pero recordó que Anderson le había informado que MacFarlane le estaba suministrando Trazodona para conciliar el sueño y eso solía causarle el efecto contrario y le quitó importancia. 
Volvió de nuevo a sumergirse en el expediente de Martin, estuvo más de una hora revisando toda la documentación cuando recibió otra llamada. Pensó que sería otra vez García, pero cuando descolgó era la voz de Anderson bastante apenado. Era García, lo habían encontrado muerto de la misma manera que Charles Martin.
Se sentía culpable por no haber respondido a su llamada y haberle proporcionado la ayuda necesaria. Golpeó todo lo que encontró a su paso con una furia desmedida. Los agentes de la comisaría asustados trataron de calmarle y le quitaron el arma que portaba. Por un momento temieron que su estado le llevase a cometer una locura. El golpe contra el cristal de la puerta de su despacho le provocó un corte en la mano y un gran hematoma. Sangraba sin parar y lloraba de rabia. El teniente Rodrigues tomó el mando y decidió que dos agentes le acompañasen al servicio de urgencias del hospital comarcal, en tanto que enviaba tres patrullas al mando del sargento Peterson al hospital psiquiátrico. Desde el hospital, Smith llamó al jefe del departamento para informarle de lo ocurrido. Mientras le vendaban la mano su mente solo podía pensar en lo mismo, su error en no tomar en serio a su amigo García, porque a pesar de ser su subordinado, era su amigo, y le había fallado. Y ahora qué, se preguntó ¿Qué le iba a contar a su viuda y a sus hijas? 

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